La literatura científica marca tres límites antes de usar los resultados.
El primero es el tamaño de la muestra. Según la guía de ESOMAR, los proveedores recomiendan muestras de 15 a 30 personas, frente a más de 100 en la investigación tradicional. Ariely y Berns señalan que una tarea en la que la respuesta varía entre personas exige al menos 30 participantes. Y Button y otros (2013) estimaron que la potencia estadística mediana de los estudios de neurociencia está entre el 8 % y el 31 %: con poca potencia, los efectos reales se detectan peor y un resultado significativo es menos fiable.
El segundo es la inferencia inversa. Que una zona del cerebro se active no prueba que la persona sienta algo concreto, porque una zona interviene en varios procesos. Russell Poldrack lo explicó en 2006: esas inferencias no son deductivamente válidas, aunque aporten algo de información. Ariely y Berns advierten contra quien dice saber lo que alguien piensa solo por su actividad cerebral.
El tercero es que una reacción no es una compra. Algunos estudios relacionan ambas cosas. Knutson y otros (2007) midieron con fMRI a 26 adultos, y la actividad de cada una de tres regiones predijo sus decisiones de compra inmediatas en el laboratorio, más allá de lo que ellos mismos declaraban. Venkatraman y otros (2015) compararon seis métodos con las ventas reales de anuncios de televisión, y la fMRI fue la que más varianza explicó por encima de las medidas tradicionales. Son resultados de estudios concretos; no permiten decir que un anuncio venderá más porque activó una zona del cerebro.
Puede complementar el A/B testing y las encuestas en fases que no dejan rastro en los clics, como el interés y el deseo del modelo AIDA, pero no los sustituye.