Qué es una cadena de redirecciones
Una cadena de redirecciones aparece cuando una dirección no lleva directamente a su destino, sino a otra que a su vez redirige, y así sucesivamente. En lugar de A a C, el navegador recorre A, luego B, luego C, y solo entonces recibe la página.
Cada eslabón es una petición completa. Si el salto cambia de dominio o de protocolo, hay que resolver DNS otra vez, abrir conexión otra vez y negociar TLS otra vez. Por eso el coste de una cadena crece mucho más rápido que el número de saltos sugiere.
Casi nunca se construyen a propósito. Se acumulan: una migración cambió la estructura de URL, luego se pasó todo a HTTPS, más tarde se unificó con o sin www, y cada paso añadió su propia regla sin revisar las anteriores. El resultado funciona, y esa es justamente la razón por la que nadie lo mira.
El caso extremo es el bucle: A redirige a B y B vuelve a A. El navegador lo detecta tras unos intentos y muestra un error, de modo que la página deja de ser accesible por completo. Es raro, y cuando ocurre suele venir de dos reglas escritas por personas distintas en momentos distintos.
Hay un matiz que decide si una cadena es un problema o solo una curiosidad: quién la recorre. Un usuario que llega desde un marcador antiguo la paga una vez y sigue con su vida. El crawler la recorre cada vez que vuelve, y las cadenas suelen afectar a familias enteras de URLs, no a una sola.
Por eso el mismo defecto puede ser irrelevante en un blog de treinta artículos y caro en una tienda de e-commerce con veinte mil fichas: allí una regla mal puesta se multiplica por cada producto, cada filtro y cada variante.
